
Del esclavismo rural al industrial occidental, los mismos perros, con diferentes collares
columna invitada de José Membrive

De la sociedad del bienestar
al capitalismo del desastre
E
l pasado 28 de agosto, se cumplió el 193 aniversario, de un acontecimiento histórico y, en cierto modo, histérico: el Parlamento Británico había aprobado la Slavery Abolition Act; es decir, la abolición de la esclavitud en todo su imperio en 1833. Fue el fin de una época, nada gloriosa.
El régimen esclavista, basado en la captura y secuestro de millones de africanos para explotarlos en plantaciones del recién descubierto continente americano, había sido practicado, no solo por los gobiernos, sino también por las cúspides de las iglesias, tanto católica como anglicana, a pesar de suponer directamente una bomba atómica para los principios predicados por Jesús en el Sermón de la Montaña, pero eso es una nimiedad ¿qué tiene que ver Jesús con el Vaticano?
En el caso de la Iglesia católica fue el papa Nicolás V, el que autorizó, mediante una bula, (que más bien parecía una burla), al rey portugués, Alfonso V, que estaba invadiendo la costa occidental africana, a reducir a “esclavitud perpetua” a musulmanes, paganos y otros considerados enemigos de la cristiandad. Es cierto que, en 1537, el papa Pablo III declaró que los indígenas americanos no debían ser privados de su libertad ni de sus bienes, aunque nada dice de los esclavos africanos. Tres años después, en otra bula, “Romanos Pontifex”, más parecida a un bulo, el mismo papa, amplió los privilegios de los portugueses sobre los territorios africanos, reconociendo a Portugal los derechos sobre los territorios conquistados y autorizando a esclavizar a quienes fueran capturados en esas campañas.
En 1493, después del primer viaje de Colón, el papa Alejandro VI, concede a los Reyes Católicos los derechos sobre gran parte de las tierras descubiertas y hace la vista gorda sobre los métodos a emplear. En honor a la verdad hay que decir que, relativamente pronto, en 1514, Fernando el Católico, expidió una cédula que autorizaba matrimonios entre españoles e indígenas. Algo que, la población de Estados Unidos, por ejemplo, tardaría más de cuatro siglos y medio en conseguir (en 1967).
Por otra parte, la Santa Iglesia Anglicana participó más activamente en el negocio esclavista. Por ejemplo, en 1710 la Society for the Propagation of the Godspell, una organización misionera, recibió en herencia dos plantaciones de azúcar en Barbados, junto con unos 400 africanos esclavizados. Sería muy curioso escuchar a los misioneros predicándole a sus esclavos las bondades de la caridad y generosidad eclesiásticas.
Sin embargo, entrado el S. XIX, hubo un giro radical en la sensibilidad, de los esclavistas que, de pronto, en 1833, se volvieron antiesclavistas y decidieron apoyar la Slavery Abolition Act. Fue un golpe de timón. Es decir, un timo desorbitado pues iba acompañado de unas condiciones un poco especiales: una gigantesca, implacable y casi impagable compensación económica por los daños ¿a quiénes?, ¿a los esclavos? No, la inmensa compensación fue para los esclavistas que, como nobles ultramillonarios, formaban parte también del gobierno del imperio. A cambio del “sacrificio”, el estado se comprometió a pagar 20 millones de libras esterlinas, una cifra que representaba el 40% del presupuesto anual del tesoro británico que, en términos actuales correspondería a unos 16.500 millones de libras. Algo impagable, por lo que el gobierno tuvo que pedir préstamos bancarios a los “filántropos” banqueros N. Mayer Rothschild y M. Monteflore, con sus correspondientes intereses. El préstamo fue de tal calibre para las arcas del estado y las costillas de los contribuyentes que ha tardado casi dos siglos en saldarse. Concretamente concluyó en el 2015 (tras 182 años) y lo han pagado los de siempre, otros esclavos de los que hablaremos.
Además, la ley, para favorecer más a los esclavistas, estipulaba que los esclavos, salvo los niños menores de 6 años, permanecerían en su esclavitud durante cuatro años para los domésticos y seis años para los agrarios para compensar su pérdida. ¡Pobre nobleza! que se apoderó del inmenso capital y pudo seguir abusando, durante años impunemente de los esclavos.
También a los esclavistas españoles los contribuyentes les pagaron con generosidad: En Puerto Rico, la esclavitud fue abolida en 1873, y se destinó una cantidad de órdago en aquellos tiempos: 35 millones de pesetas. Naturalmente la ley obligaba a los esclavos a firmar contratos de trabajo durante tres años con sus antiguos dueños.
Los cubanos tuvieron peor suerte: una ley de 1880, los liberó de la esclavitud, pero los obligó a seguir trabajando, no como esclavos, sino como “patrocinados” durante diez años con sus antiguos dueños, hasta que en 1886 se abolió definitivamente.
Pero ¿qué razones profundas aparecieron para dar este giro en la “conciencia” de las élites para “prescindir” de sus esclavos?
Por aquella época, ya se estaban poniendo las bases de una de las más tajantes revoluciones en la historia de la humanidad: la industrial, que vendría a transformar la vida del planeta. Varios fueron los factores que decretaron el anacronismo de la esclavitud rural: la mecanización del campo, iniciada en el siglo XVIII, con la aparición de sembradoras y nuevos arados, y, en la mitad del s XIX, segadoras mecánicas y trilladoras… si a eso le sumamos, que, ya a finales del S XVIII, comienzan a aparecer las grandes fábricas del sector textil que, poco a poco, se van extendiendo por toda Europa y que requieren mucha mano de obra y un nuevo modelo de relaciones.
¿Cómo gestionar el tema de la vivienda de los esclavos cuando las fábricas comenzaron a crecer súbitamente? Muchas de las nuevas empresas, requerían grandes masas esclavos por temporadas. ¿Cómo se las iba a apañar en aquel tiempo el Elon Musk de turno para gestionar la comida y vivienda de sus 150.000 trabajadores? ¿Y si les damos un salario de hambre, que vengan a trabajar solo 16 horas y que se las apañen con el tema de la casa y la comida?
Así, con los mismos perros, pero con distintos collares, nace el neoesclavismo liberal. Con estas condiciones: jornadas de 12, 14 y hasta 16 horas diarias: trabajo seis días a la semana. Salarios muy bajos, sobre todo para mujeres, niños (la explotación infantil estaba normalizada), y sin ningún tipo de seguridad, ni servicio médico.
El neoesclavismo industrial es un sistema más sofisticado que el clásico porque está llevando al planeta a una desigualdad jamás experimentada, en la que el 10% de los más ricos dominan el 76% de la riqueza global. Esto ni los más terribles esclavistas decimonónicos lo podían ni soñar. Es cierto que los Estados ofrecen un sistema de ayudas a los más necesitados. Y en este sentido podemos estar tranquilos, por ejemplo, una reciente investigación del Washington Post calculó que, desde 2003, hasta febrero del 2025, Elon Musk, se ha embolsado, al menos 38.000 millones de dólares en contratos, préstamos, subvenciones, réditos fiscales y otros apoyos públicos.
Yo supongo que, si eso lo hace el Estado con un trillonario, ¿qué no hará con los pobres que han producido ese dinero? Seguro que los 40 millones de pobres de EEUU es que no se han enterado de tales ayudas: Lo confieso, recibo 38.000 millones y me voy a Marte volando en un Tesla, seguro.






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