
De la sociedad del bienestar al capitalismo del desastre
columna invitada de José Membrive

E
l Universo es, según los científicos, un macro cuerpo compuesto de átomos y energía en perpetua transformación, pero, a su vez, que funciona sin desintegrarse desde hace trece mil millones de años. Los átomos que componen nuestros cuerpos existen, palpitantes hace cientos de miles de años, antes del nacimiento del Sol y pueden seguir expandiendo vida infinitamente. Todo pasa y todo queda, como decía el gran Antonio Machado. También el capitalismo, como el esclavismo, como el comunismo, tendrá su fin algún día y la humanidad, si aprende a vehicular este caótico final del capitalismo, seguirá inventando otras formas de organización, cada vez más justas, porque el planeta, tratado con cariño, tiene todas las facultades para transformarse en paraíso.
Escribo esto porque hace unos días leí un informe científico en el que se prescribe, con palabras suaves, el fin de media humanidad “para hacer viable la vida en el planeta”, un asunto bastante cacareado por algunos políticos para quitarse servidumbre, pero que ahora tiene unos interlocutores más serios: los científicos.
Aludo a un artículo publicado en la revista científica Sustainable Development, en donde se exponen las conclusiones de un estudio dirigido por Anastasia Pseiridis en el que se defiende la reducción de la población del planeta a unos 4 millones de habitantes; es decir, cargándose a la mitad de su población, con el siguiente argumento: Aliviará la presión sobre los recursos naturales, disminuirá la pobreza en regiones con alta natalidad gracias a la reducción del tamaño de las familias, disminuirá la contaminación, reducirá los conflictos por los recursos y la inmigración, y mejorará la calidad de vida en zonas densamente pobladas.
La IA, también me calma: “la investigación descarta tajantemente medidas coercitivas, políticas agresivas o escenarios catastróficos. Apuesta por un descenso de largo plazo a lo largo de dos siglos basado en la educación, la libertad reproductiva, el empoderamiento femenino y el acceso universal a la planificación familiar en países de ingresos bajos”
Menos mal, me había asustado, temía por la vida de mis tataranietos, pero no, la gran limpieza recaerá, como siempre en “países de ingresos bajos”; es decir, los de siempre África y otras regiones ricas en materias primas y por tanto pobres y expoliados por el capitalismo, que conservan la salvaje costumbre de tener hijos todavía, despreciando el empoderamiento femenino occidental, que no es accidental, sino muy bien planificado por nuestros próceres. La IA lo define como un plan ecológico. (con 4000 millones de “desaparecidos” sin violencia).
Expongo mi inquietud: ¿Cómo acabar con esos 4.000 millones de personas?
Los científicos utilizan un lenguaje cuasi poético: se hará sin medidas coercitivas, mediante decisiones voluntarias. En todo caso, de eso se encargarán los políticos, los militares y los dirigentes de la industria armamentista que, ante estos planes, ya se están frotando las pezuñas.
De lo que se trata en realidad es de limpiar el planeta de pobres. ¿Por qué? Porque ahora, los robots pueden actuar como esclavos más baratos que los humanos. Y entonces recurrimos a la poesía para prescribir de un genocidio global planificado, dentro del particular lirismo que admiten los tanques, los misiles y las bombas cuando entran en acción, mucho más eficaces y contundentes aún que “el empoderamiento femenino” del que habla la IA.
Pero hay algo que no me cuadra: ahora el 40% de la humanidad ya está en el umbral de la pobreza, y, de seguir esta dinámica del capitalismo del desastre, dentro de poco será el 60%. Es decir el 50% de la población más pobre, los cuatro mil millones de personas a los que se piensan a cepillar poéticamente solo posee apenas el 2% de la riqueza global total. Los que quedemos no ganaremos mucho con la matanza. Esa gigantesca masacre de pobres dejará al planeta, en el plano económico, básicamente como está:
¿Y si apuntamos al otro lado? Ahora, el 1% más rico del mundo controla aproximadamente entre el 45% y el 47% de la riqueza total del planeta, lo que equivale a cientos de billones de dólares. Además, este sector está acelerando en los últimos años la acumulación de capital de forma vertiginosa, capturando el 95% de la riqueza que se crea en el planeta.
Y digo yo, ¿vale la pena cepillarse a 4000 millones de pobres para robar solo el 2%?, una miseria, aunque eso sí, el gran genocidio impulsaría enormemente el negocio de las armas. ¿Y no sería mejor apuntar a esa minoría del 1% y, entonces, sí, la humanidad recuperaría una riqueza absolutamente increíble. ¿Lo proponemos? Seguro estoy que los ultramillonarios, cuyo anhelo de justicia nadie duda, estarían de acuerdo y se inmolarían por la recuperación y justicia económica del planeta.
Aún así se me ocurre una solución que no pasa por eliminar a nadie. ¿Y si vamos a la raíz? ¿Nadie se ha planteado que la dinámica capitalista que nos está llevando a esta aberración social, puede ser cambiada por otro sistema de organización social más justo? Si las personas, si los idiomas, si las teorías psicológicas, si la filosofía, si las religiones nacen, se desarrollan y después se disuelven dejando su rastro de energía, pero abriendo las puertas a otro modo de vivir, ¿por qué hemos de tratar de eternizar un sistema social, como el capitalista, que ha dado todo cuanto ha podido y que ahora, envejecido, reptilizado, está sembrando el planeta de tragedias e injusticias?
Yo no despotrico del capitalismo, pues, en su época de esplendor (1945-1973) sentó las bases de la vida de una clase media, con acceso a vivienda, coche, sistemas de protección a la salud, seguro contra el paro, pago a jubilados… algo que en ninguna época de la humanidad se había conseguido. Es claro que esta generosa concesión se debió a la sombra del comunismo que ofrecía el poder directamente a la clase trabajadora y que estaba triunfando en la Unión Soviética.
Pero, aparte de esto, con el paso del tiempo, todos los sistemas se vuelven anacrónicos y siempre hay una minoría de reptilianos machos alfa que se apodera del timón y tratan de mantenerlos a caspa y espada, para enriquecimiento propio como ocurre hoy en el que el capitalismo ya es en sí una impura y rentabilísima catástrofe
El concepto “el capitalismo del desastre” fue acuñado por Naomi Klein, en su libro, La Doctrina del shock, (2007) y en él analiza, entre otras cosas, cómo los actuales macroempresarios se enriquecen aprovechando y propiciando situaciones desastrosas: incendios, terremotos, guerras, para generar en los ciudadanos un estado de shock que aprovechan para cambiar leyes, expropiar bienes y privatizar empresas públicas, sin que nadie preste atención.
Naomí cita como ejemplo el huracán Katrina, que devastó a Nueva Orleans. Al reconstruirla nada volvió a ser lo que era: las viviendas pasaron a manos de macro-empresas de la construcción, las escuelas también comenzaron a ser gestionadas empresas privadas… Total una lotería para los ultrapoderosos y una ruina para los ciudadanos, que fueron desamparados por las autoridades. Hoy los más de cien conflictos expandidos en los países pobres, constituyen los desastres provocados para robar las materias primas.
La Economía de Libre Mercado es la definición que más encaja con este sistema: quien ha de modelar el mundo no es la cultura, ni la filosofía, desapareciendo ya de las universidades, sino los intereses macroempresariales. Esta concepción y práctica se gestaron en la segunda mitad del siglo XX en la Escuela de Economía de Chicago en donde se estimula el interés económico está por encima de las estructuras políticas y se dota a los sicarios políticos de las grandes macroempresas del poder y derecho a intervenir en cualquier parte del globo terráqueo en donde haya alguna materia prima que interese a sus élites.
Una de las primeras “prácticas” impulsadas por dicha escuela fue el golpe de Estado en Chile contra el gobierno socialista de Salvador Allende, y con el sicario Pinochet al frente de la trama y cuyos logros fueron: la privatización de las 600 empresas nacionalizadas que producían la mitad del PIB del país, la abolición de las pensiones nacionales poniendo el asunto en manos de las empresas privadas de AFP (Administradores, de Fondos Públicos) a las que los trabajadores iban pagando para después cobrar pensión, pero, el asunto no funcionó, entre otras cosas porque los salarios, desregularizados no daban para más. También se privatizó gran parte de la sanidad y de la enseñanza pública: el resultado: el crecimiento de la pobreza entre la población general y el enriquecimiento de una minoría, ligada a empresas internacionales eso sustentado por una dictadura criminal. Dicha “mejora” tuvo su pequeño precio: 3.200 muertos contabilizados, más de 1.100 personas desaparecidas y unos 38.000 ciudadanos encarcelados y torturados.
La nueva ELM con su propósito común el GAL (Gran Atraco Liberal) se apuntó uno de sus primeros tantos. No fue el único golpe de Estado impulsado por los sicarios de la Gran Empresa: John Bolton, ex asesor de seguridad de Estados Unidos, admitió públicamente haber ayudado a perpetrar golpes de Estado contra diferentes países. Una investigación del Cline Center de la Universidad de Illinois concluyó, tras un estudio, que en los últimos 37 años Estados Unidos (luz y guía de la libertad para Isabel Díaz Ayuso) había participado en la preparación de 350 golpes de Estado, 150 de los cuales concluyeron con éxito. John Bolton habría participado solo en 191, durante su colaboración como asesor de seguridad. Podríamos seguir analizando los restantes 349 golpes de estado que intentaron, o, al menos los otros 149 golpes de estado perpetrados desde los servicios de “seguridad” estadounidenses que triunfaron, pero mejor lo dejamos para otro día.
Aunque he de concluir, como decía, que creo más conveniente invertir energías, ilusiones y vivencias en crear una alternativa social, que se parezca más a ese sueño del paraíso con el que todos venimos a la tierra. Dejar que el capitalismo decrépito muera en paz, mientras nosotros vamos creando un mundo hermoso a medida de nuestras ilusiones. Y no es tan difícil. Despertar nuestra luz interna es nuestra misión más maravillosa y está a nuestro alcance.




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